La Escuela
‘Las primeras escuelas conocidas datan 2.000 años a. de C., en Sumeria. Su objetivo era enseñar la escritura cuneiforme a una clase social privilegiada, a unos "especialistas": los escribas. Un uso político-económico del lenguaje escrito que también puede hallarse en China o Egipto. En las culturas orales, el aprendizaje era fruto de la experiencia en las actividades de la vida cotidiana. La aparición de la escritura impone la descontextualización o disociación entre las actividades de enseñanza/aprendizaje y las actividades de la vida diaria. Aprender a leer y escribir requería el uso de medios extraordinarios: no era ya posible hacerlo mediante la observación y la repetición de los actos de los adultos, muchas veces en forma de juego, que eran la forma natural de socialización. La palabra, escrita y hablada, tomaba el relevo de la experiencia directa con las cosas. Así, estaban a la orden del día las variables que determinaron el advenimiento de las ciudades, las urbes iniciales como Ur, Jericó, entre otras, en las cuales la necesidad de racionalizar el uso de los recursos hizo necesario la creación de códigos o "libros de deberes" en los cuales se perfilaba el comportamiento del habitante del paisaje urbano. Ahora, no sólo era necesario transferir al párvulo el conocimiento generado en el hogar, era también necesario prepararlo para el conocimiento que "aplicaría" en interacción con los terceros que compartían el espacio de la "Polis". Así nacieron los grupos de discusión, enseñanza y aprendizaje, "las peñas del saber", en donde la simple conversación no estructurada conducía a la manipulación primaria de los saberes necesarios por esa incipiente "sociedad".
En la civilización occidental contamos con el
momento en el cual, la "peña" del saber se constituyó en
"academia". Tal evento ocurrió en la antigua Grecia, cuando Platón le
dio ese nombre a la reunión en la cual se impartía conocimientos de matemática,
filosofía, medicina, derecho y letras. Aunque hoy en día la veamos como una
institución rudimentaria, nos preguntaríamos ¿cuántas universidades hoy en día
pudieran abordar los diálogos socráticos, y las leyes de Dracón y Solón, como
lo hacía la célebre Escuela de Atenas?
El fenómeno de la escolaridad en la sociedad no
se circunscribía, en forma alguna, a la geografía histórica de occidente;
simultáneamente, la sabiduría de Confucio, Buda y Lao Tsé se abrían paso en
China y La India y el sureste asiático, generando el surgimiento de los
monasterios, donde los frailes observaban una vida contemplativa en la cual se
transferían el conocimiento grabado por los escribas en los textos manuscritos
en papiros y pergaminos de antigua data, y en donde de igual forma y utilizando
tecnologías artesanales , resguardaban el conocimiento para las futuras
generaciones.
Desde luego, al crearse la Polis, la institución
del Estado para administrar la competencia pública, la función de la educación también
se institucionalizó como la administración de justicia, el ejercicio del
comercio y la salubridad en la sociedad. En la medida en que crecía el
conocimiento del entorno natural y social (que hemos conceptuado como educación
cósmica), también se hizo evidente la necesidad de institucionalizar a la
escuela socializándola, vale decir, colocándolo fuera del exclusivo dominio del
entorno familiar, donde estaba limitada a los saberes de la familia, para tomar
un marco de referencia mucho más amplio al ocuparse de la transmisión de
conocimientos e instrucción de los oficios requeridos por la sociedad en
general. En la medida en que se hacía necesario la generación de nuevas ideas,
conceptos y procedimientos para abordar la realidad cambiante, entonces se hizo
necesario investigar las fuentes de información y documentación que se tenían
disponibles hasta el momento; de suerte que, se comenzaron a reunir los libros
que contenían las claves del entendimiento del mundo natural, físico y humano
que se tenía y se "democratizó" la lectura, a través de la creación
de bibliotecas. La más famosa de la antigüedad, la Biblioteca de Alejandría,
con sus más de 100.000 volúmenes, comenzaron a irradiar su luz de conocimiento
a todo el mundo conocido en ese entonces, cuando la cultura griega entró en
contacto a través de los macedonios con las milenarias y antiquísimas culturas
orientales, en lo que podríamos señalar como el comienzo de la globalización de
la gran cultura humana.
Así, Europa Occidental comenzó a ser registrada
en el avance de sus saberes por el Medio Oriente y el mundo arábigo, creándose
una especie de archivo histórico del pensamiento occidental que tenía como
discurso integrador, la obra de Aristóteles, maestro de Alejandro Magno, el
actor político y militar cuya acción desencadenó esa difusión de valores y
conocimientos nuevos a los asentamientos humanos más antiguos del planeta.
De esa manera, la fina y elegante dialéctica
socrática entró en maravilloso contacto con los saberes de la India, de los
árabes y de los chinos y demás pueblos populosos de Asia, en una experiencia
única, que hizo crecer a esas sociedades disgregados del este de Europa que
comenzaron a integrarse bajo una visión de Estado ecuménica, la cual permitía
esa especie de esfuerzo colosal que significó el sincretismo de las creencias,
de las artes, de las culturas en general. Así, se preparó el terreno para el
florecimiento de una corriente institucional que abordara todos los campos del
saber alrededor de un concepto ciudadano del hombre y del espacio. Nos
referimos, por supuesto, a Roma, donde se crea la visión del Derecho
Republicano para constituir el Estado. Allí, entonces, la educación se
estructura en una cadena de saberes que engranan y se conectan con el modelo o
perfil de sociedad que se busca de acuerdo a un ideal de convivencia práctica y
efectiva. La escuela, el liceo y la academia, generan una actividad prolija en
discusión de ideas y ejercicio del arte; siendo el foro, en cierto sentido el
equivalente al ágora o plaza griega, el espacio ciudadano por excelencia, donde
crece y se desarrolla la opinión pública como escenario del acuerdo social.
Podríamos señalar, en gran medida, que este es el momento de mayor esplendor de
la escuela peripatética, la iniciada en los tiempos presocráticos, aquella que
escenificaba el aprendizaje tomado de la abierta observación de la naturaleza a
través de paseos al aire libre, donde maestros y discípulos compartían un
Estado dinámico de pensamiento compartido caracterizado "por el
tránsito" de las ideas hasta llegar a la formulación de postulados de
pensamiento y acción que surgían como verdades actualizadas, hoy diríamos
certezas, hasta el advenimiento de las leyes que estatuían su correcta
interpretación. La educación en este entonces, era portada por los maestros,
"los sabios", especie de ciudadanos muy cultos y con propensión
marcada a la conversación didáctica, los cuales efectuaban sesiones de
discusión e interpretación de los saberes aplicados, teóricos y espirituales
que en suma correspondían al "pensum" prediseñado para la formación
de los diversos roles ciudadanos a realizar por ellos, dentro del espacio
convenido o aceptado para el ejercicio de los distintos roles o "profesiones"
requeridas por la sociedad’
"Todo el mundo habla de paz ,pero nadie educa para la paz. La gente educa para la competencia y la competencia es el principio de cualquier guerra"

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